Era el minuto 82, justo después de que Pedri lo buscara con ahínco y él rematase con la izquierda desviado, cuando llegó el momento del adiós. Hansi Flick ordenó su sustitución y de inmediato la magia hizo efecto. Las lágrimas afloraron en el rostro del polaco, que sabía que ya no volvería a pisar como futbolista del Barça ese estadio.
Consolado y felicitado por compañeros y rivales, como Isco y Antony, Robert abandonó el terreno de juego. Pero no fueron ni una ni dos ni tres las veces en las que se tuvo que levantar del banquillo para saludar a una afición que lo idolatra y a la que ya no le importaba lo que ocurría en los últimos minutos del partido ante el Betis.
Tras el pitido final y el manteo de la plantilla blaugrana, llegaron instantes más emocionantes con la salida al campo de su familia. Y más lágrimas. Y luego, más calmado, sus esperadas palabras.
"Sabía que este club era grande, pero por vuestro cariño ha sido increíble. Desde el primer día me sentí en Barcelona y en este campo como en casa. Me gustaría decir a compañeros, cuerpo técnico, directivos y trabajadores del club, a todos, que ha sido un honor jugar por este club. Hemos vivido grandes momentos en estos cuatro años. Estoy orgulloso de lo que hemos hecho juntos. Me despido del estadio, pero siempre llevaré al Barça en mi corazón. Muchas gracias a vosotros, afición. Una vez culé, siempre culé. Visca el Barça y Visca Cataluña".
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