Si al inicio de la temporada alguien hubiera pronosticado que Cristian Chivu dominaría la Serie A en su primera experiencia al frente de un gran club, más de uno se habría reído. Pero no quienes están al mando del Inter, que vieron en él algo que otros aún no habían percibido.
La chispa entre ambas partes se reavivó en verano, después de su breve pero exitosa etapa en el Parma, al que salvó, llevándole al 16º puesto, devolviendo dignidad y esperanza de futuro.
Fue una estancia corta, pero suficiente para demostrar a Marotta y a la directiva del Inter la calidad tanto del entrenador como de la persona. Eso bastó para traerlo de vuelta a Appiano Gentile, su casa entre 2017 y 2024, donde formó generaciones de jóvenes futbolistas, dirigiendo a los sub-14, sub-17, sub-18 y al Primavera.
Chivu ha construido su carrera paso a paso, ladrillo a ladrillo, vistiendo la misma camiseta que defendió como jugador durante siete años. Es un círculo que se cierra y se vuelve a abrir, porque su debut entre los “mayores” no pudo ser más brillante: una temporada sensacional, un crecimiento exponencial y un impacto que sorprendió incluso a quienes mejor le conocían.
Reacción tras el golpe
Desde los primeros partidos, incluso durante el Mundial de Clubes, la influencia del rumano fue evidente. A pesar de la pesada herencia de Simone Inzaghi y aquel 5-0 en la final de la Champions League ante el PSG, que podría haber dejado heridas profundas, Chivu entendió de inmediato que lo primero no era la táctica, sino la mentalidad.
Devolvió la calma, unió a un grupo herido y convenció a una plantilla acostumbrada a ganar para confiar en un entrenador joven en su primer gran reto. Objetivo cumplido. Y no solo eso: Chivu transformó al Inter, haciéndolo más fluido, imprevisible y libre para expresarse.

Dimarco y Zielinski marcan la diferencia
Uno de los grandes logros del técnico ha sido Federico Dimarco. De promediar 60 minutos por partido con Simone Inzaghi, pasó a ser casi siempre titular los 90 minutos, siempre concentrado, siempre decisivo.
¿El resultado? Terminó como máximo asistente de la liga y principal amenaza ofensiva de toda la Serie A. Una transformación mental antes que física.
Pero el trabajo de Chivu ha abarcado todas las líneas del equipo. En ataque, Lautaro Martínez siguió siendo el referente pese a algunos problemas físicos, y las lesiones nunca llegaron a afectar realmente el rendimiento del equipo.
El mérito es de los recambios de calidad, con un sorprendente Pio Esposito, un Ange-Yoan Bonny siempre útil y un Marcus Thuram irregular pero letal en los momentos clave, como en el 3-4 en Como que marcó el punto de inflexión de la temporada.
Y luego está Piotr Zielinski: un enigma con Inzaghi, un diamante puro con Chivu. Utilizado en todo el centro del campo, aportó ritmo, calidad, goles, asistencias y una capacidad para mantener el motor del Inter en marcha con una naturalidad nunca vista en Italia.
Un título con su firma
El triunfo del Inter en la Serie A, en definitiva, lleva el nombre de Chivu por todas partes. No hace falta adornarlo. Construyó la mentalidad del equipo en julio, les dio forma táctica entre agosto y septiembre, y los guió en lo humano cuando la máquina ya funcionaba sola.
Después, algunos retoques aquí y allá, ajustes quirúrgicos y la capacidad de no perder nunca el liderato una vez que lo alcanzaron. Quizá faltó experiencia en la Champions League, donde la eliminación en el play-off aún duele.
Pero eso es sólo un detalle dentro de una temporada que parece el inicio de algo mucho más grande. Porque si esto es solo el primer capítulo de la historia entre Chivu y el Inter, es lógico preguntarse hasta dónde puede llegar este camino.
